Sin NAPA ni DACA. La muerte del movimiento pro-inmigrante

Miles de inmigrantes marcharon en Los Angeles en 2006 exigiendo una reforma migratoria (Foto: Eduardo Stanley)
Miles de inmigrantes marcharon
en Los Angeles en 2006
exigiendo una reforma migratoria
(Foto: Eduardo Stanley)

La segunda orden ejecutiva del presidente Obama en beneficio temporal de miles de inmigrantes, llamada DAPA, está muy lejos de ponerse en marcha.

DAPA, o Deferred Action for Parents or Americans and Lawful Permanent Residents, fue bloqueada en febrero por el juez Andrew Hanen, de Texas, porque la considera anticonstitucional. El fallo fue a consecuencia de una demanda entablada contra DAPA y DACA por 26 estados del país —controlados por Republicanos, obviamente.

El gobierno pidió a la corte reconsiderar pero ésta se negó y el martes 26 de mayo, la V Corte de Apelaciones de Louisiana sostuvo el fallo del juez Hanen.

La apelación del gobierno se mantiene y es posible que el caso llegue a la Suprema Corte de Justicia.

Estos fallos afectan la ampliación de DACA, pero la versión original de ésta se mantiene. DACA (Deferred Action for Childhood Arrivals) comenzó a implementarse en 2012 y fue consecuencia de otra orden ejecutiva del presidente y su objetivo fue otorgar estatus de residencia temporal y limitada a quienes arribaron al país sin permiso de residencia siendo niños. Miles de jóvenes se han beneficiado de esta medida. Por su parte, DAPA otorgaría el mismo estas a adultos.

Ahora bien, cómo se llegó a esta situación de medidas temporales y limitadas para inmigrantes que llevan muchos años en el país?

Migajas, migajas…

El grito de reforma migratoria ya no se escucha. Es la etapa de las migajas y el conformismo. Y esto se logró en menos de 10 años! Porque en 2006 se escuchaba algo diferente.

Eran gritos y marchas exigiendo reforma migratoria. Eran gritos fuertes, solidarios y marchas de esperanza.

Lo que asombró a todos —la falta de un líder y de una única organización al frente de las grandes marchas de los inmigrantes de 2006— terminó siendo la razón de la desaparición del movimiento inmigrante.

Porque las organizaciones latinas bien establecidas, o “mainstream”, especialmente aquellas en Washington, con fondos y personal a la mano, fueron absorbiendo ese movimiento y fueron presentándose como sus legítimas representantes.

Como el vampiro de las películas, estas organizaciones chuparon la sangre de las movilizaciones pro-inmigrantes, las despojaron de su contenido de base y su activismo, para dar paso al conformismo y la aceptación de migajas del poder. Y además, se fortalecieron, recibieron fondos y sus dirigentes pasaron a ser considerados por la prensa establecida, o masiva, como “líderes” inmigrantes, cuando en realidad casi ninguno de ellos participó de las marchas principales y casi todos se opusieron al boicot del 1 de mayo del 2006.

Los activistas de base también ayudaron a la desintegración del movimiento gracias a sus peleas y rupturas, muchas veces ocasionadas por egos y celos y no por objetivos. Sus marchas anuales, casi todas el 1 de mayo, son ahora actos aislados y convocan poca gente.

El resultado de todo esto es una serie de parches temporales y limitados a la ley de inmigración, como DACA y, si llega a implementarse, DAPA.

Hay que destacar que la casi totalidad de estas organizaciones latinas “mainstream” están muy cercanas al Partido Demócrata y parte de sus movilizaciones fueron, de alguna manera, en apoyo a candidatos de ese partido con la excusa de apoyar a candidatos que simpatizan con una reforma migratoria.

De esta manera se neutralizó al movimiento pro-inmigrante. A los críticos los atacan diciendo aún hoy, entre otras cosas, que critican “porque ellos tienen su green card!”

Por si fuera poco, la mayor parte de las acciones a favor de una supuesta reforma migratoria se concentra en apoyo o rechazo a propuestas de ley. Es decir, los “activistas” de escritorio piden, por ejemplo, el famoso llamado telefónico a legisladores para apoyar alguna propuesta que, para peor, nunca es aprobada.

De esta manera, los esfuerzos pro-reforma migratoria quedaron limitados a la cuestión legislativa, donde los abogados, cabilderos y burócratas del activismo se sienten cómodos pero los inmigrantes ya no participan.

Y estas acciones, al perder la base del 2006, son absorbidas y controladas por el amplio y complejo mundo de la burocracia bipartidista, juego que además les gusta jugar porque los verdaderos inmigrantes no saben cómo participar.

No debe sorprender que ahora estas organizaciones domesticadas por el poder, mansas y obsecuentes nos quieran convencer de que “peor es nada” y que tenemos que aceptar las migajas del poder.

Sin duda, esto representa la muerte, después de una larga agonía, del movimiento migratorio del 2006.

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